El supuesto progre que adora a Fraga
PUBLICO 15.02.09
Alberto Ruiz-Gallardón cursó la carrera
de Derecho, pero en realidad lleva 25 años estudiando cómo y cuándo va a
convertirse en el líder del centroderecha español. Tras una espera tan larga,
sobrellevada entre el estoicismo y la exasperación, el gran momento al que ha
fiado toda una vida parece a la vuelta de la esquina. Aunque le quedan todavía
unos cuantos obstáculos por sortear y puñales por esquivar.
“Todos veíamos que ese chico con cara
de empollón y quizá exceso de soberbia era muy inteligente y que estaba llamado
a dirigir algún día el partido. Él también lo tenía claro”, rememora un fundador
de Alianza Popular (AP), convencido aún de que Manuel Fraga también lo daba por
seguro: “Si Fraga prolonga su carrera política es porque quiere dejar a su hijo
espiritual al frente del partido”, agrega.
Ese chico de poco más de 20 años era
hijo de José María Ruiz-Gallardón, político conservador y abogado de confianza
de don Manuel. Y aterrizó en la sede de AP como un auténtico agitador de la
derecha, muy alejado de la imagen centrista que fue cultivando con los años. El
PSOE acababa de llegar al poder y eran los años de la gran ruptura cultural con
el franquismo, unos nuevos tiempos que el joven Ruiz-Gallardón combatió con saña
desde su primer puesto institucional, como concejal desde 1983 en el Madrid de
la Movida y el carpe diem.
Jorge Verstrynge, entonces secretario
general de AP, le recuerda como un joven demasiado derechista incluso para aquel
partido que aún no había iniciado su viaje al centro. En Memorias de un
maldito, (Grijalbo, 1999), Verstrynge cuenta que le cortó el paso como
líder de las juventudes con el siguiente argumento: “Le descarté por venir
propuesto por los hombres de [Laureano] López Rodó, es decir, por el Opus, así
como de un dirigente del partido de Cruz Martínez Esteruelas”.
Fichajes de izquierdas
La pátina progre vino mucho después,
cuando la travesía del desierto le obligó a ampliar horizontes y engordar su
activo como presidenciable con
posibilidades reales de ser elegido. Pero cuando llegó, fue arrolladora:
incorporó a su equipo a Alicia Moreno –hija de Núria Espert–, involucró a una de
las musas de la izquierda –Ana Belén– en una campaña publicitaria de la
Comunidad, tejió complicidades con los nacionalistas cuando su partido les
demonizaba, se granjeó amistades muy importantes en medios progresistas –ha
bautizado una calle con el nombre de Jesús de Polanco, el fundador ya fallecido
de Prisa–, combina elogios al Gran Wyoming –que la derecha equipara casi a
Satanás– con querellas contra Federico Jiménez Losantos –el locutor estrella de
la emisora de los obispos–. Y encima, casó homosexuales cuando su partido
llevaba la ley al Tribunal Constitucional.
Verstrynge le cortó el paso en AP porque lo veía muy de derechas
Lo más asombroso de esta transmutación
es que Gallardón ha hecho todo el viaje sin soltar lastre: mientras la izquierda
le jalea, dedica panegíricos a Fraga en el mismo acto en que el ex ministro de
Interior de Franco sugiere “colgar” a los nacionalistas, aúpa como alcaldesa en
potencia a Ana Botella, piropea a su marido, José María Aznar, y acompaña a su
suegro, el ex todopoderoso ministro de Franco José Utrera Molina, a un acto de
“desagravio” convocado porque la Diputación de Málaga le ha desposeído del
título de Hijo Predilecto. Todo al mismo tiempo y sin ningún coste.
“La gran virtud de Gallardón ha sido la
astucia, más incluso que la inteligencia. Es un pragmático, el único capaz de
ganarse a la vez a progres y neofranquistas”, opina un ex funcionario de AP que
trató mucho con el hoy alcalde de Madrid cuando Fraga le nombró secretario
general, en 1986, en plena erupción interna que no amainaría hasta que José
María Aznar se hizo con el poder en el partido, en 1989.
Con Aznar se encauzó el futuro de los
conservadores, pero se oscureció el de Ruiz-Gallardón: comenzó su ostracismo y
su inacabable espera, casi siempre paciente, convencido de que acabaría llegando
su hora.
Su
informe sobre el 'caso Naseiro' sentó como una bomba dentro del partido
“Aznar nunca se fió de él porque se
daba cuenta de que era su verdadero rival”, cuenta un miembro de la Ejecutiva
del PP en los noventa. Pero otro motivo explica su defenestración: el caso
Naseiro. Cuando estalló el escándalo de corrupción que puso contra las
cuerdas al PP, Gallardón dirigió la investigación interna y afeó a muchos de los
que rodeaban a Aznar. Nunca se lo perdonaron. “Sus conclusiones cayeron como una
bomba y acabó convirtiéndose en la víctima de su trabajo”, rememora un dirigente
que participó en aquellos tensos debates.
Gallardón se quedó solo, relegado al papel de
outsider a su pesar y con pocas armas: tesón por llegar, inteligencia,
olfato. Se abrió a mundos extraños para su partido –la transmutación
era pura supervivencia– y mostró que es una máquina de ganar elecciones: desde
que en 1995 llegó a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, ha ganado siempre
con mayoría absoluta, en el Gobierno regional y en el Ayuntamiento.
Cuestiones personales
Las máquinas no entienden de
sentimientos. Cuando en el debate de las pasadas municipales Miguel Sebastián le
sacó la foto de la conseguidora Montserrat Corulla, Gallardón tuvo que
decidir en un segundo si arriesgaba su carrera política o su matrimonio. Eligió
la política: “No entre en cuestiones personales”, bramó. Y luego, una vez
cortocircuitado el peligro, salvó incluso su matrimonio.El tsunami que amenaza
al PP lo ha acercado paradójicamente al puesto que tanto ansía. Pero incluso sus
mejores amigos saben que el ventilador sigue girando y que sus enemigos están
heridos, pero conservan los puñales.
En las oposiciones a fiscal, Gallardón arrolló y obtuvo la segunda plaza. Pero
en las auténticas oposiciones que hace tantísimo que prepara, sólo sirve quedar
primero. Y además debe llegar sin que se le vean las magulladuras.
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